lunes, 15 de marzo de 2010

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Igual que nadie, tú
besas la carne abierta de la palabra nunca.
Con su gota de sangre se cierra el cielo dos,
la boca sucia dice que es mentira
cada mitad y el nuerto que la ocupa:
yo llevo entre mis dientes tus tobillos,
cada sonrisa tuya cuesta un trueno.



Dónde te habrás metido
con tu tristeza, ¿dónde?
Te huelen las caderas a tormenta.
Mira los coches que desaparecen,
todos detrás de ti
amenazándote con su luz blanca,
apuntan a tus piernas las bestias enceladas.

La música es acero en tus costillas.
Dame los pájaros de aceite usado
tendidos en las olas que te buscan,
su lágrima quemada tejiéndote otra noche.
Eres el amarillo horror que queda
cuando amanece pronto,
la llaga inadecuada que acompaña a los días.

Mira la gente, busca agosto como
metralla histérica. El corazón
es la ciudad vacía y tersa, débil
mujer recién nacida, horrible venus
cuando otro amante se despega y muere.

Tú, tú, tú, lengua muda,
jardín que habita todos los inviernos,
el corazón en ámbar del semáforo,
¿quién iba a amar tu muerte si no yo?
Pero me tengo que comer los peces
y vigilar en los arcenes al
intruso, al impostor,
al que te toca en la cintura el ego.

Y mientras sientes tanta y tanta sangre
y haces un hueco al sueño
intuyes que él no va a venir jamás.
La sangre es solo porcelana rota,
la máscara enbandejas de bufet.

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