tumbada por el automóvil de un borracho
en un todoterreno.
Una pared helada de ladrillos viejos
y el foco
de moribunda luz iluminando sus rodillas.
Era de noche y cada cual buscaba su pinchazo.
Yo siempre la he buscado así,
siempre en la brecha, atravesando
esa nocturnidad endeble
de gritos de canciones vacías.
Gemía y me apartaba.
Buscaba mi petaca en el abrigo.
Y me mordía justo en medio de la tierra,
mientras la luna retrasaba los asesinatos.
Me gusta recordarla así,
frente a los focos blancos de automóvil,
contra paredes de ladrillos y en muros
que peinan sus cristales en el vientre de los gatos,
blanquísima como un reflejo.
Ya no preguntarás entonces
por qué te digo a veces que de veras necesito
emborracharme.
Es el alcohol sin duda quien nos hizo tan valientes.

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