lunes, 3 de agosto de 2009

Dice que va a quedarse,
que permanecerá conmigo.

Ella conoce mis manías,
quiero decir, cada miseria,
miserias que me hacen
tan miserable
como cualquier otro animal, otro ser vivo
y otras piedras y otros fuegos.

A mí me encanta verla marticar
despacio,
beber de la botella
sin apoyar la boca.

También me dice siempre,
sonríe seria;
yo miro hacia otro lado,
contesto que no importa.
Y no le duele.

A mí me gusta abrir los ojos
cuando se cambia en medio de una oscuridad,
de alguna oscuridad templada.
Imaginar entonces
el tacto exacto
de su color de piel.

Dice que nadie
puede quererme más,
que nadie puede amarse tanto sin hacerse sangre,
dice cosas así,
dice cosas horribles,
dice también cosas horribles.

Me gustan esas veces, cuando
no puede contener la risa,
se dobla
y se desploma,
se cae donde no puede y puede.

Que hay una condición:
que nada cambie,

que yo no cambie,
que todo siga así,
que todo siga igual.

Sé que es un precio alto,
pero me encanta
verla bajar en camiseta
las escaleras, dando
saltitos como un potro
de nieve inmaculada.

Me dice que me quiere, que me quiere,
me dice siempre.

Me he prometido no tenérselo en cuenta.

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