sábado, 6 de junio de 2009

No sé por qué tu voz ahora,
entre las tejas y la lluvia.

Voz última,
el hilo roto,
aspera la garganta del tabaco
que no te vi,
no te recuerdo,
fumar.

Tú no temías a la lluvia,
niño valiente hasta el final del cuento.
Yo te recuerdo como quiero:
el pulso firme sin la sopa
bailando en la cuchara.

No sé por qué,
pero es extraña esta sonrisa que me pinta
la pena repentina de acodarme.

Esta sonrisa de aparecer
cruzando la puera de tu casa

para sentarme en tus rodillas
y que me enseñes otra vez, piadoso
con quien olvida,
que el tiempo hace justos a lo buenos,
fuertes
a los voluntariosos
y sabio al humilde que sabe sorprenderse.

No lo dijiste nunca,
pero hoy lo veo en esos ojos pequeños y vividos,
la edad nos hace niños de ojos rotos.

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